Salmo

89

¿Dónde estás Dios?

¿Te has sentido abandonado por Dios? ¿De qué manera esos oscuros momentos han sacudido tu fe?

¿Está el orgullo antes de la caída? El salmista debe haber tenido este pensamiento en mente para este himno real. La fe en Yahveh de la nación estaba cercanamente atada a las fortunas de la monarquía de Judá, por la alianza con David. Si el rey caía, la reputación de Dios estaba en entredicho. Así, el salmista alababa al Señor, pero preguntaba ásperamente, “Por qué abandonaste al rey?”

En la primera lectura, Isaías proclama la alianza de amor entre Yahveh y su pueblo. La vigilia de Navidad atiende a esta alianza como si estuviese siendo cumplida en la navidad del Mesías. El salmo responsorial canta a la alianza que Yahveh hizo con Israel. Esta alianza es completada en y por medio de la Encarnación de Cristo

El salmo puede ser dividido en tres secciones: alabanza para Yahveh (89:2-18), un recordatorio de la alianza davídica (89:20-37), y un lamento por la derrota del rey (89:38-52). La belleza de la primera sección hacía un contraste chocante con la primera sección. ¿Cómo podía un Dios tan grande permitiría tal pérdida para su elegido? ¿Dónde estaban sus promesas?

Tu favor y tu fidelidad.


1 Dios es fiel; construye la historia y dirige nuestra vida conforme a sus promesas, que nunca fallan.

2 El amor del Señor por siempre cantaré, tu fidelidad proclamaré de siglo en siglo;

3 yo digo: tu favor es eterno, al hacer el cielo, pusiste en él tu fidelidad.

4 Una alianza hiciste con tu preferido, le juraste a David, tu servidor:

5 «Establecí tu linaje para siempre, asenté tu trono de siglo en siglo.»’”

Selah.

6 Señor, los cielos celebran tus maravillas, y tu fidelidad, la asamblea de los santos.

7 Pues, en las nubes, ¿quién es igual al Señor? ¿Quién se le parece entre los hijos de los dioses?

8 Dios terrible en la asamblea de los santos, grande y temible para toda su corte.

9 Señor, Dios Sabaot, ¿quién como tú? ¡Poderoso Señor, tu fidelidad te envuelve!

10 Tú dominas el orgullo de la mar; si levanta sus olas, tú las calmas.

11 Tú aplastaste al Monstruo, y quedó tendido; tu brazo dispersó a tus enemigos.

12 Tuyos son los cielos, tuya es la tierra; el mundo y su contenido tú lo fundaste.

13 El norte y el sur tú los creaste, el Tabor y el Hermón celebran tu nombre.

14 Tuyo es el poder y tuyas las hazañas, potente es tu mano, rápida tu derecha.

15 Justicia y derecho son la base de tu trono, Amor y Fidelidad van delante de ti.

16 Dichoso el pueblo que sabe aclamarte, y que avanza a la luz de tu faz, Señor;

17 tu Nombre es su alegría todo el día y lo ensalza tu justicia.

18 Tú eres el brillo de su poder, de tu bondad nos viene la victoria.
19 Nuestro escudo está en la mano del Señor nuestro rey, en manos del Santo de Israel.

La Biblia Latino Americana

Las alabanzas para el Todopoderoso sobreabundan en el salmo. La introducción al Salmo recordaba a Dios por su constante amor y promesas a David y sus descendientes. La siguiente escena describe una asamblea de espíritus donde Dios reinaba con tal poder que inspiraba reverencia. De la corte real celestial, el poder de Dios se mostraba en la creación: el control sobre las aguas – y venciendo al mar, monstros/espíritus, Rahab, la creación de la tierra y las altas montañas – Zaphon y Amanus en Siria; Tabor, y Hermón en el Líbano. Tal poder significaba justiciar para la nación porque la consistencia de del amor De Yahveh y su lealtad. Tal poder significaba Victoria para el rey y el pueblo. Tal poder justificaba la alabanza dada a Dios.

20 En una visión tú hablaste en otro tiempo refiriéndote a tu amigo, br>
tú dijiste: «He prestado mi apoyo a un valiente, lo he sacado del pueblo y exaltado.

21 Encontré a David mi servidor, y lo ungí con óleo santo,

22 lo sostendrá mi mano y mi brazo lo fortalecerá.

23 El enemigo no podrá sorprenderlo ni podrá el malvado oprimirlo.

24 Aplastaré delante de él a sus agresores, les pegaré a los que lo odian.

25 Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán, mi Nombre le asegurará la victoria.

26 Extenderé su mano sobre el mar, y sobre los ríos su derecha.

27 El me podrá invocar: «¡Tú eres mi Padre, mi Dios y la roca donde me refugio!»

28 Haré de él mi primogénito, el más famoso de los reyes de la tierra.

29 Para siempre mi amor le mantendré, y seré fiel a mi alianza con él.

30 Estableceré su descendencia para siempre, y haré que su trono dure como los cielos.

31 Si sus hijos abandonan mi ley y no andan según mis decisiones,

32 si profanan mis preceptos y no guardan mis mandamientos,

33 castigaré a varillazos su pecado y con golpes su falta;

34 pero mi amor no se lo quitaré ni renegaré de mi fidelidad.

35 No romperé mi alianza ni cambiaré lo que salió de mis labios.

36 Lo juré una vez por mi santidad: ¡Yo no le mentiría a David!

37 Su descendencia durará para siempre, su trono como el sol se mantendrá ante mí.

38 Está allí para siempre como la luna, ese testigo fiel más allá de las nubes».

En respuesta, Dios habló en una revelación. Hablando en un sueño - un símbolo típico de revelación, Dios establece a David como un líder para la nación de guerreros, un rey de ejércitos victoriosos. David guardaba una relación íntima con Dios, como el hijo primogénito tenía Con su padre. El amor consistente de Dios y su alianza estarían para siempre, aun cuando los descendientes de David cayeran en la idolatría y el pecado. A pesar de la acción de los hombres, la promesa de Dios a David permanecería para siempre, Como el salir del sol o la aparición firme de la luna. (Observa como el salmista equiparaba la alianza de Dios con David su poder creativo; la dinastía tenía un estatus a la par con la luz del día y la noche!)

Selah.

39 Pero tú lo rechazaste y repudiaste, te enojaste con tu ungido.
40 Renegaste de la alianza con tu siervo y arrojaste por tierra su corona.

41 Hiciste huecos en todos sus cercos, arruinaste sus fortificaciones.

42 Los que pasan por el camino la saquean, y sus vecinos le faltan el respeto.

43 Levantaste la diestra de sus adversarios y alegraste a sus enemigos.

44 Sus armas se volvieron atrás, y no lo sostuviste en el combate.

45 Hiciste caer el cetro de su mano y por tierra su trono derribaste.

46 Acortaste los días de su juventud, y lo cubriste de vergüenza.

Selah.

47 ¿Hasta cuándo, Señor, vas a ocultarte? ¿Arderá siempre como fuego tu enojo?

48 Recuerda, Señor, lo que es nuestra existencia, y para qué nada hiciste a los humanos.

49 ¿Quién vivirá y no verá la muerte? ¿Quién salvará su vida de las garras del abismo?

Selah.

50 ¿Dónde están, Señor, tus favores de antes? ¿tus juramentos a David? ¿tu fidelidad?

51 Recuerda, Señor, las afrentas a tus siervos, (llevo en mi seno todos esos ultrajes).

52 ¡Cuántos insultos de tus enemigos, Señor, cómo insultan las huellas de tu ungido!

53 ¡Bendito sea el Señor eternamente,

Amen, and Amen.

Aunque Dios había vuelto su espalda al rey guerrero de Judá. La derrota había conducido a la destrucción de Jerusalén. Los enemigos habían saqueado las riquezas de la ciudad y habían amenazado de muerte al monarca. Hasta este punto, el salmo llega a ser personal; el rey mismo lloraba: ¿Por qué, oh Señor? ¿Por qué estás enojado? La muerte parecía estar por todos lados y ser inevitable. En vez de estar orgulloso y victorioso, el rey estaba débil y despreciado por sus enemigos extranjeros. Y si era despreciado, también lo estaba su Dios.

El salmo real empieza con una alabanza y triunfo, pero finaliza en grande desesperación. (Este verso de alabanza 89:53 no era el fin del salmo sino el fin de la sección dentro del libro de salmos; de ahí que, no era original a los salmos.) Un salmista orgulloso estaba humillado, igual que la nación. Desde los tiempos del exilio en Babilonia en adelante, la nación pudo cantar este salmo y hacer la pregunta: ¿Nos cegó nuestro orgullo antes de nuestra caída? ¿Así como va el rey, también vamos nosotros, la nación?

Este salmo estaba apropiado para un primitivo entendimiento cristiano del Mesías. Jesús de Nazaret encaja en el modelo de cumplimiento. A través de la desesperación y la muerte, Dios mantuvo su promesa. En medio de la derrota, Dios creó la victoria; ¡por la muerte vino la vida!

Nuestras expectativas pueden voltearse, y, al suceder, nuestra fe puede ser agitada. Pero, ¿no son estas crisis de fe nuestro problema? ¿No trabaja Dios en su propio itinerario y sus propios caminos?

Reflexiona en tus propias crisis de fe. ¿Cómo te ha ayudado Dios a sobrevivir y crecer cerca de él?

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